El agua, un bien tan esencial como desigual

2020-03-23T18:08:10+01:00marzo 23rd, 2020|

Por: Gerard Sánchez | Fotografías: Alberto Pla

Te levantas por la mañana, vas al baño, tiras de la cadena y abres el grifo del lavabo para lavarte la cara, los dientes y, sobre todo ahora, en estos tiempos de Covid-19, las manos. Es algo tan cotidiano, mundano y asumido que ni siquiera lo valoramos ¿verdad? O tal vez ahora, cuando tantas restricciones, jamás pensadas, se te están poniendo en tu vida, te preguntes también qué pasaría si de ese grifo, de esa cadena, no saliera agua. Una circunstancia que hoy, en pleno siglo XXI, siguen viviendo muchas familias no solo en lugares remotos y fundamentalmente agrícolas y ganaderos, como pudimos comprobar en nuestro reciente viaje a Etiopía, sino también en Europa y en España.

Una niña se refresca en el tejado de la comunidad de Raeev Nagar en el estado de Gurgaon, India. Fotografía: Alberto Pla

Este pasado domingo, como cada 22 de marzo, se conmemoraba el Día Mundial del Agua. Una efémeride que instauró la ONU en 1993 para recordar la relevancia de este líquido esencial. Pero, como también lamenta esta organización, se estima que todavía hay, al menos 200 millones de personas sin acceso al agua potable en su vida cotidiana. Precisamente, la campaña de este año de la ONU en relación a este día, reinventada por la marcha de los acontecimientos generados por el coronavirus, incidía en unirse a la campaña #ManosLimpias (#SafeHands en inglés). Es decir, a lavarse las manos con regularidad. Aunque, lamentablemente, para mucha gente todavía lo más acuciante es la necesidad de #agualimpia.

Una niña se baña en el mar Egeo junto al campamento de refugiados de Karatepe en Lesbos. Fotografía: Alberto Pla

Nosotros, la verdad, regresamos a España el pasado 12 de marzo totalmente concienciados con la importancia de lavarnos las manos regularmente, allí, en Etiopía, Mari Olcina, presidenta de la ong MOSSolidaria, y su marido Víctor Pareja, iban siempre con el jabón de mano consigo y nos animaron a hacer lo mismo. Lo aprendimos también de los rituales de higiene que la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol inculcaba en los niños y niñas de tres a seis años de su guardería ubicada en Muketuri.

Deribe, líder comunitaria de Gimbichu saca agua de un pozo construido por la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol. Fotografía: Alberto Pla

Pero en Etiopía nos concienciamos de la importancia y el carácter esencial del agua cuando conocimos de primera mano cómo la construcción y mantenimiento de los pozos, que llevan a cabo la comunidad misionera y la Fundación Emalaikat, consiguen cambiar la vida de las familias campesinas. Con ello no solo logran producir alimentos en la época seca, la cual en este árido y caluroso país africano dura hasta nueve meses, sino que consiguen sacar adelante a sus familias, mejoran sus aspectos nutricionales y hasta logran unos ingresos extra al vender los excedentes en los mercados locales.

Unas niñas se lavan las manos en una escuela de Bangalore donde la ONGD Fontilles previene enfermedades infecciosas. Fotografía: Alberto Pla

La henna es una pintura característica de India que puede aplicarse también en las palmas de las manos. Fotografía: Alberto Pla

El tener acceso al agua potable, no en los hogares, ojo, sino, en tu poblado o cerca de él, cambia la vida de toda la comunidad, especialmente de las niñas y mujeres. Las primeras, pueden estudiar más al no tener que caminar, cada día, largas distancias en busca de agua. Las segundas, pueden dedicarse a otras tareas más productivas. El agua es esencial para sus necesidades básicas, así como para sus cultivos y para su ganado.

Un niño se refresca en la comunidad de Gariche Prince, en Haití. Fotografía: Alberto Pla

El agua, ese bien esencial que en Europa compramos en jarras o botellas de plástico, las cuales, paradójicamente, son uno de los principales elementos causantes de contaminación en el mundo, ese líquido transparente que dejamos perderse por nuestros lavabos y duchas sin darle mayor importancia, es, en cambio, auténtico oro en muchos lugares del mundo. El Objetivo de Desarrollo Sostenible nº 6 es Agua y saneamiento para todos antes de 2030. A estas alturas, nadie sabe si se logrará conseguir, pero si cada vez que abrimos nuestros grifos, si cada vez que paseamos por nuestros ríos y mares, si cada vez que compramos una botella de agua pensamos en la relevancia que tiene este oro líquido no solo para nuestra supervivencia, sino para la de nuestro planeta, tal vez gran parte del camino ya estará hecho. Luego, faltará transmitir esa concienciación a las nuevas generaciones, exigir medidas de protección a los estamentos públicos y privados y, cómo no, apoyar iniciativas de construcción de pozos, de saneamiento y de educación como las que llevan a cabo en Etiopía entidades como la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol y la Fundación Emalaikat.

El agua es, hoy por hoy, un bien tan esencial como desigual, un recurso natural fundamental para la vida que, sin embargo, no escapa a las especulaciones ni a los intereses económicos y políticos. Un tesoro que no solo hay que valorar, sino también cuidar, proteger y exigir como el derecho fundamental que es.

De la sonrisa etíope al confinamiento en España

2020-03-17T12:31:20+01:00marzo 17th, 2020|

Por: G. Sánchez

Etiopía nos despidió, como no podía ser de otra forma, con su mejor sonrisa etíope, con abrazos, con los mejores deseos y con invitaciones para regresar cuando podamos. En este país africano, al que viajamos para elaborar un documental para la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol, la Fundación Emalaikat y la ONGD MOSSolidaria, conocimos todo tipo de historias, algunas desgarradoras, otras de esperanza y superación y muchas de resignación y lucha diaria por algo tan básico como es la supervivencia pura y dura. Allí la pobreza, el no saber qué se comerá cada día o ni siquiera si se comerá algo se vive con dureza, claro que sí, pero también con dignidad, con ayuda mutua, con sentimiento de comunidad. El hambre y la malnutrición son como una bruma constante que afecta a demasiadas personas, muchas de ellas niñas y niños, el 40 % de los cuales no logra superar los cinco años de vida. En Etiopía hemos visto muchos de esos niños y niñas con el pelo rapado, en muchas ocasiones para evitar piojos y otros parásitos, pero con un mechón de pelo en la parte delantera de la cabeza: “les dejan ese pelo para que los ángeles puedan llevárselos tirando de él si se mueren, algo que, por desgracia, es bastante habitual a esas edades”, nos cuentan.

Unas niñas juegan en el patio del colegio que mantiene la Misión San Pablo Apóstol en Muketuri. Fotografía: Alberto Pla

De vuelta en España, nos encontramos con imágenes dantescas como personas acumulando kilos de natillas, carnes, todo tipo de productos perecederos y papel del baño –al parecer, el nuevo oro blanco de estos tiempos de Covid-19- personas que, a la mínima señal de alerta pierden los nervios y piensan solamente en sí mismos (incluso se ha denunciado en redes sociales que se llevaban hasta los productos sin gluten, esenciales para las personas celiacas). Ante la declaración de alerta del Gobierno de España gran parte de la población mantiene la responsabilidad y se queda en casa, pero también ha habido quien ha aprovechado para pegarse “la última fiesta” antes de que cerraran bares y restaurantes y se prohibiera la libre circulación por las calles. Es cierto que no tenemos experiencia en afrontar crisis de estas magnitudes. Tal vez en eso también podríamos mirar a África y a países como Etiopía. En este último, donde solo llueve durante unos tres meses al año, las hambrunas son bastante habituales, así como plagas como las de langostas que arrasan cosechas esenciales para la manutención de la población. Por no hablar de enfermedades o brotes víricos como el del Ébola, mucho más mortal que este coronavirus o Covid-19. Allí están acostumbrados a padecer todo tipo de situaciones de alerta para su salud y, lo que es igual o más desesperante, a sufrir también el silencio y la pasividad del resto del mundo, especialmente de occidente.

Dos niñas trabajan en el puesto que mantienen el mercado de Muketuri. Fotografía: Alberto Pla

En Etiopía, en su capital Adish-Abeba, en Muketuri o en poblados como Gimbixu hemos encontrado a personas con todo necesidades de todo tipo y también con una en común; la de contar su historia, la de hacerse ver, la de buscar ayuda a través de todos los medios posibles. Tal vez por eso muchos de los niños y adultos con los que nos encontramos nos piden que les hagamos una foto, para trascender, para que les miremos a sus ojos, llenos de vida pese a todo, para que sus ropas, en muchas ocasiones raídas, para que sus situaciones de vida, queden inmortalizadas, traspasen fronteras y, tal vez, remuevan conciencias en este lado del mundo. Pero aquí ahora tenemos la excusa perfecta para, una vez más, mirar solo hacia nuestro ombligo, pensar que esto del Covid-19 y su consecuente encierro domiciliario es lo más duro que nos ha pasado nunca y sentirnos, una vez más, el centro del mundo. El eurocentrismo, lejos de haber desaparecido, sigue muy presente en nuestras vidas y sus efectos se siguen notando en el resto del mundo. Pero tal vez estos quince días, o más, de confinamiento, nos sirvan para mirar al otro de una manera diferente. Si sirven para que estrechemos nuestras relaciones sociales, si nos hacen mirar hacia otras realidades de una forma más solidaria, si contribuyen a que veamos a los que vienen de crisis económicas, sanitarias, de conflictos armados, de un modo más humano y comprensivo, tal vez habrá valido la pena.

Del Covid-19 saldremos juntos, se suele decir, pero estaría bien que también tras él permanezcamos juntos, unidos, solidarios y responsables, no solo entre nuestros familiares y amigos, no solo entre nuestra comunidad y nuestro país, sino de una forma global.

Ser mujer en Etiopía, una carrera de fondo

2020-03-08T15:27:53+01:00marzo 8th, 2020|

Por: G. Sánchez

Este 8 de Marzo lo recibimos en Muketuri, Etiopía, lejos de las grandes manifestaciones que se celebran en las principales ciudades de España y del mundo. Pero lo vivimos rodeados de mujeres fuertes y resilientes como Genet, Deribe, Friwot, Yitayish, Enat y tantas otras. Lourdes Larruy, la directora de la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol de Muketuri, nos decía hace unos días que este es un país de personas resistentes, las atletas de largas distancias son, tal vez, el ejemplo más conocido fuera de estas fronteras. Pero aquí, las heroínas son otras, son esas mujeres que sacan adelante a sus familias, que cultivan los huertos, que acuden a los pozos a recoger el agua y que, en demasiadas ocasiones, no alcanzan a soñar con otro tipo de vida que el que han visto reproducirse, generación tras generación, en sus familias.

Deribe, líder del proyecto de pozos y huertos en Gimbichu posa con el pañuelo del Día de la Mujer. Fotografía: Alberto Pla

La verdad es que esas carreras de fondo se disputan aquí en las vidas de cada ser humano y arrancan desde los primeros segundos, días, meses y años de vida. En un lugar con una tasa de mortalidad infantil (menores de 5 años) que supera el 40% y con una esperanza de vida de tan solo 65 años no hay que pararse a pensar demasiado para apreciar la importancia de los programas de nutrición que lleva a cabo la comunidad misionera San Pablo Apóstol y la ONG MOSSolidaria, presidida por otra mujer con una energía y vitalidad contagiosas como es Mari Olcina.

Mari Olcina, presidenta de la ONG MOSSolidaria, atiende a un niño del programa de desnutridos. Fotografía: Alberto Pla

Y aquí, en un lugar donde la Inyera es el plato tradicional, Mari Olcina nos recuerda la respuesta de una mujer que la preparaba cuando le preguntó si la comía a diario: “la como cuando puedo”, le dijo esbozando una sonrisa repleta de resignación. Olcina, graduada en Nutrición Humana y Dietética, sabe bien todo lo que esa respuesta lleva implícita porque ve la necesidad acuciante cada vez que lleva a cabo el seguimiento de los niños y niñas del programa de gemelos y desnutridos el cual va destinado también a las mujeres embarazadas y lactantes.

Este día de la mujer lo compartimos también con Cata, Valentina, Francisca, Isidora, Andrea, Coni, María y Paola, un grupo de ocho jóvenes voluntarias chilenas de la Fundación Chilena Amigos de Etiopía (FAE) que llevan ya dos meses aquí contagiando su alegría y entusiasmo y recibiendo, al mismo tiempo, la misma pasión y entrega del pueblo de Muketuri. Una de sus acciones consistió, a raíz del Día Internacional de la Mujer, en dar una charla, a las jóvenes estudiantes de la residencia Maite Iglesias en la cual intercambiaron experiencias y que acabó con la petición de que cada una de las asistentes escribiera, en un pequeño papel, qué deseaba para ella o para las mujeres. Y entre las respuestas, que cada una colgaba en una cartulina y que fueron leídas por Yitayish, la cual también estudió en la residencia y ahora quiere ser misionera, una se nos quedó especialmente grabada: “Vivir sin tenerle miedo a tu marido”. No se nos ocurre un ejemplo mejor para mostrárselo todos aquellos que piensan que en esto de la igualdad ya está todo conseguido.

Progresar y convertirse en referentes

“Las mujeres etíopes quieren vivir en su país, aumentar sus posibilidades para dar a su comunidad lo máximo posible, como Yitayish que quiere ser misionera y devolver todo lo que se le ha dado. O como Genet, que ya es el presente de este país y es un referente para muchas otras”, asevera Mari Olcina.

Este 8M es también el día de nuestra compañera Yolanda González que con su cámara rompe barreras cada día y es un ejemplo de mujer fuerte, íntegra y comprometida.

Una mujer de la comunidad de Gimbichu viene de trabajar en los huertos. Fotografía: Alberto Pla

Las mujeres etíopes con las que nos hemos encontrado miran a la vida de frente, le sonríen a la adversidad, saben que de ellas depende no solo el futuro de sus hijos sino el de su comunidad y, por extensión, el de su país. Etiopía, el único país de África que nunca fue colonizado, es el único en la actualidad en todo el continente en contar con una presidenta estatal, Sahlework Zewde, rompiendo así uno de los techos de cristal más resistentes que existen, aunque no es menos verdad que su cargo no tiene ningún poder ejecutivo. Pero, por debajo, todavía quedan muchos techos por romper, muchas barreras por derribar, muchas desigualdades que equilibrar y, sobre todo, muchas conciencias que cambiar, empezando por la de ellas mismas, por las de las nuevas generaciones como Genet, Friwot, Enat o Yitayish que, por fin, se atreven a soñar con un futuro distinto en el que, precisamente ellas, sean el motor del cambio.  Como afirmó Sahlework en su toma de posesión: «Necesitamos convertirnos en una sociedad que rechace la opresión de las mujeres«.

Las protagonistas del documental que estamos elaborando para la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol y MOSSolidaria no asisten este 8M a ninguna manifestación feminista, pero su lucha la llevan en su día a día cada vez que estudian por superarse, cada vez que contribuyen a cambiar las estadísticas y cada vez que otras niñas las miran y quieren emularlas y llegar a ser ellas mismas. Porque aquí ser mujer es una carrera de fondo que se gana desde la humildad, pero también desde la constancia y la dignidad.

Yolanda González (a la izquierda), operadora de cámara, Mari Olcina de la ONG MOSSolidaria (tercera por la derecha), y Lourdes Larruy (en el centro) junto una familia etíope en Muketuri. Fotografía: Alberto Pla

La sonrisa etíope

2020-03-08T18:27:34+01:00marzo 7th, 2020|

Etiopía nos recibe con una sonrisa, pero, lejos de tópicos, aquí cada sonrisa tiene un trasfondo. Detrás de la de Genet, la protagonista del documental que estamos elaborando con MOSSolidaria para la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol, hay una historia de lucha constante, detrás de una de las niñas del aula de especiales de la comunidad misionera San Pablo Apóstol, está la más pura inocencia y detrás de la de Enat, una de las profesoras de esa aula de especiales, hay una historia de abandono y superación.

Por: Gerard Sánchez

Dicen que los niños africanos siempre sonríen, tal vez solo sea su sistema inmunológico que lucha así, desde el subconsciente, por salir adelante ante la adversidad, que no es poca aquí. Pero la sonrisa etíope va más allá, está en esa abuela que nos abre la puerta de su casa y sonríe a la cámara con toda su dignidad. Está en esa marea de personas que nos rodea en la grabación de cada escena de exteriores. Y está, cómo no, en los niños que ríen, corren y saludan al cielo desde el que los graba nuestro dron.

Unos niños juegan con unas ruedas en la comunidad de la Misión San Pablo Apóstol. Fotografía: Alberto Pla

Somos unos recién llegados a Etiopía, es cierto, pero nos nutrimos de la experiencia de personas como Lourdes Larruy quien, al frente de la comunidad misionera, lleva aquí más de diez años y llama a casi todo el mundo por su nombre. La sonrisa etíope también es la suya cuando se acerca a los niños, cuando habla con las profesoras e incluso cuando conduce su todorerreno esquivando baches, burros y vacas.

La sonrisa etíope no es un cliché, no es un tópico porque no es homogénea. Responde a múltiples impulsos, esconde realidades desgarradoras y se alza por encima de la adversidad. Es una medicina y a la vez una cura en sí misma.

Unas niñas juegan en un prado en el municipio de Muketuri. Fotografía: Alberto Pla

La sonrisa etíope está también en la predisposición de Iván Luna, el director del hotel Best Western International en el que Genet llevó a cabo sus prácticas profesionales de Turismo cumpliendo así el sueño de una niña que como ella misma nos relata, cuando era pequeña no tenía sueños porque lo único que alcanzaba a ver en su horizonte era reproducir el mismo estilo de vida que tuvieron las generaciones que la precedieron. Y está también en personas que están de paso, como el guitarrista Gabriel Pérez y la bailaora Anabel Velasco que, sin pensárselo, se ofrecen a aparecer de extras en nuestra película documental. Y está en la alegría de Tesfayesh y Yohanish que nos recogen en el aeropuerto, de madrugada, y nos llevan a nuestro hotel.

Grabar en Etiopía es adaptarse a las circunstancias, al igual que la población se adapta cada día a la realidad que les ha tocado vivir. Es aceptar que lo que tenías previsto captar en cierto momento tal vez no puede ser, pero, como compensación, en cada rincón, en cada rostro, en cada mirada aparece una historia digna de ser contada.

Una madre en la comunidad de Gimbichu arropa a su hijo en brazos. Fotografía: Alberto Pla

Y ahí, en Gimbichu, un poblado tradicional con casas confeccionadas a base de barro y eucalipto, te das cuenta, de repente, que toda la comunidad ha contribuido para invitarnos a compartir con ellos una comida tradicional a base de cerveza artesana e injera, un pan plano confeccionado con harina fermentada de tef que se acompaña de humus, lentejas, remolacha y patatas. Una comunidad donde Deribe, otra de nuestras protagonistas, es la auténtica lideresa. Su sonrisa también es la de todas esas mujeres etíopes fuertes y resilientes que salen adelante y se convierten en referente y ejemplo para muchas otras.

Una mujer de la comunidad de Gimbichu sonríe mientras abriga a su hija sujeta sobre su espalda. Fotografía: Alberto Pla

La sonrisa etíope te contagia, te atrapa y te engancha, tal vez por ello personas como Mari Olcina y su marido Víctor Pareja regresan una y otra vez aquí con su ONG MOSSolidaria para recibir su dosis. Porque cooperar, en el fondo, va tanto de dar como de recibir, de hecho va más de lo segundo.

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