“El confinamiento en Etiopía es totalmente imposible. La inmensa mayoría de la población vive al día”

2020-04-24T11:16:23+02:00abril 24th, 2020|

Por Gerard Sánchez | Fotografías de Alberto Pla

La pandemia mundial ocasionada por el Covid-19 está cambiando los modos de vida en todas las partes del mundo. Una de las primeras medidas lanzadas desde diferentes gobiernos, sobre todo los occidentales, fue recomendar que sus ciudadanos que vivían en otros lugares regresaran cuanto antes. No obstante, existen personas que no solo han decidido permanecer donde estaban, sino que lo han hecho porque son conscientes de que su labor, vinculada a proyectos de cooperación internacional resulta fundamental y lo será todavía más a corto y medio plazo. El equipo de la Agencia Alberto Pla-Proyectos de Comunicación Social queremos mostrarles todo nuestro apoyo y admiración. En este sentido, vamos a llevar a cabo una serie de entrevistas con cooperantes españoles que han decidido continuar en sus países de destino.

Arrancamos estas entrevistas con Lourdes Larruy, responsable de la Comunidad Misionera san Pablo Apóstol (MCSPA) en Muketuri (Etiopía). Precisamente, dos días antes de que se declarara el estado de alarma en España, tres integrantes de nuestra agencia regresamos de Muketuri donde fuimos a grabar nuestro próximo documental. Allí fuimos testigos de cómo la MCSPA, junto a la Fundación Emalaikat y otras entidades colaboradoras como la ONG MOSSolidaria, trabajan cada día para contribuir a la formación de niños y niñas, para garantizar su alimentación, así como para llevar agua, mediante la construcción de pozos, a lugares muy remotos, entre muchas otras acciones e iniciativas. Lourdes Larruy nos relata cómo ha cambiado la pandemia todas estas acciones y nos muestra su preocupación sobre cómo podrán mantenerlas si esta se prolonga.

Lourdes Larruy abraza a Genet, la protagonista del documental que rodamos en Etiopía para la Misión San Pablo Apóstol. Fotografía: Alberto Pla

Lleva 20 años viviendo en África y 13 en Muketuri (Etiopía), ¿pensó en algún momento en regresar a España por el Covid-19?

No pensé en regresar a España en ningún momento, este es mi lugar. De hecho, tenía previsto viajar a España justo en marzo para dar charlas en algunas universidades, ver a benefactores y a la familia, pero decidí no ir ya que después seguramente no podría volver.

¿Qué le dicen su familia y amigos en España?

Mi familia, aunque les encanta que vaya enseguida, me dijeron justamente eso: “No vengas porque después no podrás volver”. Muchos en España se muestran preocupados por la gente en África, sobre todos los que han estado aquí. Nos han dicho que si este virus está siendo devastador en nuestras sociedades, las cuales cuentan con buenos sistemas sanitarios, ¿qué va a pasar en África? Muchos nos han insistido en que nos cuidemos… otros nos preguntan cómo estamos y qué situación vivimos. Muchos voluntarios que han estado aquí quieren saber cómo está la situación… De manera que montamos un grupo de Whatsapp con ellos para rezar un padrenuestro a la misma hora por la gente de Etiopía todos los días: creo que ha sido consolador para nosotras y fortalecedor para todos.

Etiopía saltó a la actualidad cuando la aerolínea nacional, una de las más importantes de África, decidió mantener los vuelos con China. Pese a ello, no ha habido, de momento, un boom de contagios. Se habla de que los motivos pueden ser la juventud de la población y que se tomaron medidas de prevención pronto. ¿Está de acuerdo?

Desde luego, la edad media de la población etíope va a ayudar, aquí casi no hay, prácticamente, nadie que pase de los 65 años. Por otro lado, pareciera que la población que está permanentemente desnutrida podría ser víctima fácil, pero también creo que son supervivientes, han desarrollado una fortaleza extraordinaria porque luchan a diario por sobrevivir. Las medidas de cerrar escuelas y universidades y cerrar fronteras terrestres y transportes públicos creo que ha ayudado a que no se extienda por el país o, al menos, que no lo haga rápido. También el control de las personas que llegan de fuera, están en cuarentena en lugares aislados, incluso algunos que se sabía que llegaron de otros países los vienen a buscar en ambulancias… Lo de los mercado es más complicado: en Muketuri, como en muchos lugares, han trasladado el mercado a lugar más grande, en nuestro caso, a la cancha de futbol, para que las paradas en el suelo puedan estar más separadas… pero es imposible guardar distancia.

Deribe reparte una ración a los niños y niñas de la comunidad de Gimbichu. Fotografía: Alberto Pla

“En Etiopía se es mucho más consciente de la vulnerabilidad del ser humano ante las fuerzas de la naturaleza”

¿Cree posible que el virus, como se dice desde algún lugares, podría haber pasado sin mayor trascendencia ya por varios países africanos, entre ellos Etiopía? ¿O tal vez no ha llegado aún con fuerza o los datos que se dan no son los correctos?

Todo puede ser, lo que está claro es que los números de infectados aumentan, aunque lentamente, también porque no se realizan tantos tests… y es muy probable que mucha gente no quiera ir al hospital, es difícil de saber. Lo que si que creo que está ayudando es el hiper control que este país tiene sobre la información de quien llega de fuera y rastrear los contactos que hayan podido tener. Es de resaltar la religiosidad de este país: el gobierno pidió oficialmente a los lideres religiosos, de todas las religiones, que llamaran a la oración en esta situación de pandemia, reconociendo su frágil sistema sanitario para atender a la población. Todos los días a las 21h en la TV nacional uno de diferentes grupos religiosos reza por ello. Se ha declarado un mes de oración y ayuno. Es impresionante cómo le gente sencilla confía en que la fe de los etíopes va ayudar; lo que está claro es que aquí se es mucho más consciente de la vulnerabilidad del ser humano ante las fuerzas de la naturaleza.

¿Son factibles las medidas de confinamiento y aislamiento en un país como Etiopía en el que muchas personas viven al día y comparten casas que, en muchos casos, solo tienen una estancia o un par de ellas?

El confinamiento aquí es totalmente imposible. La inmensa mayoría de la población vive al día. Es una economía muy precaria, muchos viven de ser jornaleros, o bien de la construcción, o hacer trabajos de lavar ropa o cocinar en el caso de las mujeres, sin ningún tipo de contrato; si hay trabajo se come, si no, las cosas se ponen difíciles.

Por otra parte, las casas son pequeñas, oscuras, no se puede estar encerrado por el día. Nadie tiene almacenado nada de comer, lo que ganan cada día no les da para eso. En este sentido, los que viven del campo lo tiene un poco mejor, porque tienen, al menos, su cosecha. Ha sido impresionante la iniciativa de gente campesina que ha ayudado con parte de su cosecha para que el gobierno pueda distribuir comida en los pueblos más grandes y en las ciudades.

Unas mujeres secan ropa al sol en el altiplano etíope. Fotografía: Alberto Pla

¿Cómo ha cambiado vuestro día a día debido a esta pandemia?

Pues llevamos más de un mes sin movernos de Muketuri. Antes íbamos cada semana a misa a la capital y hacer compras o a llevar gente al hospital. No queremos ir sobre todo para evitar la posibilidad, por pequeña que sea, de traer el virus aquí. Mientras tanto, Nuestro Centro Materno infantil está cerrado y los comedores también. Los niños que tenemos becados en escuelas internas están aquí en Muketuri y organizamos cosas con ellos para que no pierdan su curso escolar. No podemos hacer reuniones de más de cuatro personas en la misma habitación. Pero continuamos visitando a familias y excavando pozos.

En Muketuri cuentan con un comedor escolar infantil con unos 350 niños, ¿qué supone para ellos y para sus familias no ir ahora al colegio?

Pues ese es un problema, porque nuestro centro Materno Infantil, con 346 niños y niñas, es un centro educativo, pero lo más importante es que los menores reciben dos comidas todos los días de lunes a viernes. Por eso hemos organizado, desde hace dos semana, la distribución de comidas a las familias más pobres de los niños registrados en el Centro, porque si no, sencillamente, no comen. Y después el problema será mayor si están desnutridos y enfermos.

¿Qué están haciendo durante estos días para aliviar el sufrimiento de estas familias?

Cada martes distribuimos a 42 familias alimentos: 4 kg de harina o cereal, 10 huevos, jabón y verduras. Y cada sábado atendemos a los niños del programa de desnutridos con harina proteica y leche. Todo esto con las precauciones marcadas por el gobierno: la gente se espera fuera con un distancia de 2 metros entre ellos, los vamos llamando de uno en uno, se lavan las manos antes de entrar… También estamos confeccionando mascarillas en el taller de costura, para las maestras y para el personal voluntario etíope que nos ayudan en la distribución.

¿Cuáles son las principales necesidades ahora mismo para mantener este tipo de ayudas?

Necesitamos fondos para comprar comida, hasta ahora hemos ido tirando de la comida que teníamos para el centro, pero ya tenemos que comprar. El valor de los que damos a cada familia cada martes es de unos 6 euros, todas las semanas a 43 familias… De momento, la ayuda la centramos en estas familias.. si esta situación se alarga más aumentará el número de gente que no tiene nada que comer.. y no sé si podremos responder a todas; El gobierno también ha organizado una lista de gente que necesita ayuda y nos coordinamos para la distribución. Les pasamos la lista cada semana de la personas a quien les estamos dando comida.

Es un poco agobiante no saber qué va a pasar.. hay jóvenes que han vuelto de la universidad, donde comían, y no tienen donde trabajar, o jóvenes que vivían de bici taxi o de limpiar zapatos en la calle… estamos pensando en organizar un programa de comida por trabajo, o sea, gente que hagan trabajo comunitarios como limpiar el pueblo a cambio de comida, pero de momento no tenemos fondos para eso, vamos a ver si lo podemos hacer junto con el gobierno local.

Una niña ayuda a dar de comer a su hermano en el comedor que mantiene la Misión San Pablo Apóstol en Gimbichu, Eitopía. Fotografía: Alberto Pla

Llevan a cabo un programa con niños desnutridos. ¿En qué consiste? Si esto se alarga, ¿lo podrán mantener?

Atendemos a unos 250 niños que, por distintas razones, están por debajo de su peso normal, algunos porque son gemelos y la madre no tiene suficiente leche para dos bebés; reciben harina proteica y leche hasta que su peso es normal para su edad. Más o menos la mitad vienen de los pueblos de alrededor de Muketuri y la otra mitad viven en Muketuri. Los que están viniendo ahora son mayormente de Muketuri; los de los pueblos vienen menos, la gente se mueve poco, por las indicaciones que el gobierno está dando por radio. Este programa está diseñado para aportar un suplemento alimenticio a los bebés, pero ahora muchas de estas familias, en muchos casos mujeres solas, no tienen cómo mantener al resto de la familia, esto es un gran problema, que no se podrá mantener pacíficamente mucho tiempo.

«Hay que sensibilizar en que la falta de justicia en tantos lugares nos hace a todos más vulnerables»

Teme que Europa, una vez pase esta crisis, se centre, más que nunca, en sí misma, y se olvide de la cooperación al desarrollo y del sufrimiento en otros países?

Obviamente, estamos ya pensando en que a partir de ahora las ayudas bajarán, sobre todo las convocatorias, grandes ayudas… pero nuestra experiencia está siendo que mucha gente está reaccionando de manera solidaria, pensando en África, queriendo colaborar, quizás más modestamente, pero no olvidarse. Sobre todo, nuestros colaboradores permanentes, muchos han estado aquí y se sienten vinculados.

También creo que a gran escala tendrá que haber una reflexión sobre la interacción de todos los países del mundo: creo que este virus ha puesto el dedo en la llaga en el sentido de que no podemos vivir unos sin los otros, o sea, pretendiendo vivir bien cuando hay lugares dónde no existen sistemas sanitarios, porque esto nos va a afectar a todos. Creo que al menos en el tema salud habrá más corresponsabilidad… aunque sea por protección propia.

¿Qué habría que hacer para que esto no ocurriera?

Profundizar en eso, en cómo nos afecta a todos lo que se vive en el otro lado del mundo. Sensibilizar en que la falta de justicia en tantos lugares nos hace a todos más vulnerables. Creo que es una buena ocasión para profundizar en la gratuidad de lo que tenemos; no podemos controlarlo todo, por mucho dinero que uno tenga. no puede controlar algo como esta pandemia.

Mari Olcina, directora de la ONGD MOSSolidaria pesa a un bebé en la comunidad de Gimbichu, Etiopía. Fotografía: Alberto Pla.

En un hipotético escenario en que los europeos buscaran refugio en un continente como África, ¿cómo cree que sería la acogida?

Al principio hubieron en la capital brotes de odio a los extranjeros, pero, en general, la gente de los pueblos, los que nos conocen han reaccionando preocupándose por nosotros, por nuestras familias, por los voluntarios que han estado aquí.. Hemos recibido muchas muestras de agradecimiento por habernos quedado; una mujer nos dijo: “Hemos comentado en mi poblado que pudiendo iros a vuestro país con vuestra familia, os quedáis aquí con nosotros, os lo agradecemos mucho.” Con el vocabulario etíope muchos nos dicen “que Dios os dé larga vida”.

NOTA: Si colabora o pertenece a alguna ONGD y desea que entrevistemos a alguna persona española que continúa como cooperante en algún país del mundo, póngase en contacto con nosotros:

apla@albertopla.com

gsanchez@albertopla.com

El agua, un bien tan esencial como desigual

2020-03-23T18:08:10+01:00marzo 23rd, 2020|

Por: Gerard Sánchez | Fotografías: Alberto Pla

Te levantas por la mañana, vas al baño, tiras de la cadena y abres el grifo del lavabo para lavarte la cara, los dientes y, sobre todo ahora, en estos tiempos de Covid-19, las manos. Es algo tan cotidiano, mundano y asumido que ni siquiera lo valoramos ¿verdad? O tal vez ahora, cuando tantas restricciones, jamás pensadas, se te están poniendo en tu vida, te preguntes también qué pasaría si de ese grifo, de esa cadena, no saliera agua. Una circunstancia que hoy, en pleno siglo XXI, siguen viviendo muchas familias no solo en lugares remotos y fundamentalmente agrícolas y ganaderos, como pudimos comprobar en nuestro reciente viaje a Etiopía, sino también en Europa y en España.

Una niña se refresca en el tejado de la comunidad de Raeev Nagar en el estado de Gurgaon, India. Fotografía: Alberto Pla

Este pasado domingo, como cada 22 de marzo, se conmemoraba el Día Mundial del Agua. Una efémeride que instauró la ONU en 1993 para recordar la relevancia de este líquido esencial. Pero, como también lamenta esta organización, se estima que todavía hay, al menos 200 millones de personas sin acceso al agua potable en su vida cotidiana. Precisamente, la campaña de este año de la ONU en relación a este día, reinventada por la marcha de los acontecimientos generados por el coronavirus, incidía en unirse a la campaña #ManosLimpias (#SafeHands en inglés). Es decir, a lavarse las manos con regularidad. Aunque, lamentablemente, para mucha gente todavía lo más acuciante es la necesidad de #agualimpia.

Una niña se baña en el mar Egeo junto al campamento de refugiados de Karatepe en Lesbos. Fotografía: Alberto Pla

Nosotros, la verdad, regresamos a España el pasado 12 de marzo totalmente concienciados con la importancia de lavarnos las manos regularmente, allí, en Etiopía, Mari Olcina, presidenta de la ong MOSSolidaria, y su marido Víctor Pareja, iban siempre con el jabón de mano consigo y nos animaron a hacer lo mismo. Lo aprendimos también de los rituales de higiene que la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol inculcaba en los niños y niñas de tres a seis años de su guardería ubicada en Muketuri.

Deribe, líder comunitaria de Gimbichu saca agua de un pozo construido por la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol. Fotografía: Alberto Pla

Pero en Etiopía nos concienciamos de la importancia y el carácter esencial del agua cuando conocimos de primera mano cómo la construcción y mantenimiento de los pozos, que llevan a cabo la comunidad misionera y la Fundación Emalaikat, consiguen cambiar la vida de las familias campesinas. Con ello no solo logran producir alimentos en la época seca, la cual en este árido y caluroso país africano dura hasta nueve meses, sino que consiguen sacar adelante a sus familias, mejoran sus aspectos nutricionales y hasta logran unos ingresos extra al vender los excedentes en los mercados locales.

Unas niñas se lavan las manos en una escuela de Bangalore donde la ONGD Fontilles previene enfermedades infecciosas. Fotografía: Alberto Pla

La henna es una pintura característica de India que puede aplicarse también en las palmas de las manos. Fotografía: Alberto Pla

El tener acceso al agua potable, no en los hogares, ojo, sino, en tu poblado o cerca de él, cambia la vida de toda la comunidad, especialmente de las niñas y mujeres. Las primeras, pueden estudiar más al no tener que caminar, cada día, largas distancias en busca de agua. Las segundas, pueden dedicarse a otras tareas más productivas. El agua es esencial para sus necesidades básicas, así como para sus cultivos y para su ganado.

Un niño se refresca en la comunidad de Gariche Prince, en Haití. Fotografía: Alberto Pla

El agua, ese bien esencial que en Europa compramos en jarras o botellas de plástico, las cuales, paradójicamente, son uno de los principales elementos causantes de contaminación en el mundo, ese líquido transparente que dejamos perderse por nuestros lavabos y duchas sin darle mayor importancia, es, en cambio, auténtico oro en muchos lugares del mundo. El Objetivo de Desarrollo Sostenible nº 6 es Agua y saneamiento para todos antes de 2030. A estas alturas, nadie sabe si se logrará conseguir, pero si cada vez que abrimos nuestros grifos, si cada vez que paseamos por nuestros ríos y mares, si cada vez que compramos una botella de agua pensamos en la relevancia que tiene este oro líquido no solo para nuestra supervivencia, sino para la de nuestro planeta, tal vez gran parte del camino ya estará hecho. Luego, faltará transmitir esa concienciación a las nuevas generaciones, exigir medidas de protección a los estamentos públicos y privados y, cómo no, apoyar iniciativas de construcción de pozos, de saneamiento y de educación como las que llevan a cabo en Etiopía entidades como la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol y la Fundación Emalaikat.

El agua es, hoy por hoy, un bien tan esencial como desigual, un recurso natural fundamental para la vida que, sin embargo, no escapa a las especulaciones ni a los intereses económicos y políticos. Un tesoro que no solo hay que valorar, sino también cuidar, proteger y exigir como el derecho fundamental que es.

Down: El síndrome incomprendido

2020-03-21T09:33:03+01:00marzo 21st, 2020|

Por: Gerard Sánchez | Fotografías de Alberto Pla

Hoy, como cada 21 de marzo desde el año 2012, se celebra el Día Mundial del Síndrome de Down. Un síndrome, todavía hoy, muy incomprendido, pero que afecta a 1 de cada 1.000 recién nacidos en todo el planeta. En España nacen cada año alrededor de 300 bebés con Síndrome de Down, aunque las estadísticas también indican que cada vez hay más abortos voluntarios cuando los potenciales padres descubren que el bebé que esperan “no es normal”. Por otra parte, los avances sociales, científicos y médicos ayudan a mejorar y aumentar tanto la calidad de vida como la esperanza de vida de estas personas, al menos en los países desarrollados. Según la Onu, a principios del siglo XX no se esperaba que vivieran más de 10 años, algo que sigue sucediendo en muchos países, mientras que ahora, a nivel global, más del 80 % superan los 50 años de vida.

Gerard Sánchez y Yolanda González durante el rodaje de la película documental en Etiopía. Fotografía: Alberto Pla

Una circunstancia muy diferente se da en otros contextos y sociedades donde, no solo este síndrome, sino cualquier discapacidad, sobre todo intelectual, es considerada como un castigo o maldición, por lo que estos niños y niñas son condenados, primero, al ostracismo familiar y social y, consecuentemente, a una muerte prematura. Lo pudimos ver, por ejemplo, en nuestro reciente viaje a Etiopía donde fuimos para grabar un documental que pronto verá la luz.

Allí, la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol lleva a cabo un programa pionero llamado “el aula de los especiales” en los que se cuida, ejercita, alimenta y educa, en la medida de lo posible, a niños y niñas con diversos tipos de discapacidad. Tal es el nivel de negación de estas realidades en países como Etiopía que una de las cuidadoras, muy preocupada, le dijo un día a la directora de la misión, Lourdes Larruy: “¿Qué será de nosotras cuando perdamos el trabajo? Y tras preguntarle Lourdes por qué decía esto, la cuidadora le respondió: “Sí, porque cuando estos niños se curen o mueran ya no tendremos trabajo”. Un razonamiento, todo sea dicho, bastante lógico en un país donde, sencillamente, no se ven adultos con ningún tipo de discapacidad, sobre todo intelectual, porque suelen morir de forma prematura.

Aquí, en España, es cierto, las personas con Síndrome de Down tienen cada vez más visibilidad y más derechos. Afortunadamente el 6 de diciembre de 2018, por ejemplo, pueden ejercer su derecho al voto. Campañas como #Elpartidodetuvida que desarrollamos para la Fundación del Valencia CF con protagonistas como Adrián o películas como “Campeones” han abierto gran cantidad de debates sobre la discapacidad y cómo la tratamos en nuestro día a día. Y personas como el actor y escritor, Pablo Pineda, tumban barreras cada vez que se ponen delante de una cámara o de un micrófono. Hay personas con síndrome de Down que han conseguido finalizar un grado universitario, como la valenciana Blanca San Segundo, graduada en Terapia Ocupacional por la Universidad Católica de Valencia, otras que ejercen profesiones como modelo, como la alicantina, Marián Ávila, o incluso árbitros de fútbol como el también valenciano Dani Alcaraz, que es el primero y, de momento, el único en España. Pero todavía queda mucho camino por delante. El fin del estigma de las personas con Síndrome de Down no llegará hasta que sea la propia sociedad, en su conjunto, la que los acepte, con sus carencias y virtudes, como cualquier otra persona. Y esto, como sucede con el confinamiento obligado que estamos viviendo estos días por el Covid-19, es algo que depende de cada uno, de las propias reflexiones y acciones cotidianas, de ser responsables y no creernos mejores que otros ni, sobre todo, con derecho para subestimar, insultar o despreciar a otra persona seas cuales sean sus circunstancias de vida.

Pablo Pineda dice “yo puedo hacerlo”. Y si él puede, sí el es capaz de mirarse a sí mismo y ver sus capacidades y potencialidades, ¿por qué no podemos hacer lo mismo los demás?

Decidimos”

Este año el Síndrome de Down Internacional se centra en el tema “Decidimos”. Y se centra en estos objetivos:

  • Mostrar cómo se puede lograr la participación efectiva y significativa de las personas con síndrome de Down a través de información y comunicación accesibles, un buen apoyo y consultas inclusivas;

  • Empoderar a las personas con síndrome de Down, aquellos que las apoyan y sus organizaciones representativas, para abogar por una participación efectiva y significativa;
  • Comunicarse con las partes interesadas clave, incluidos los profesionales de la educación, la salud y la asistencia social, los empleadores, la comunidad y los organismos públicos, el movimiento de discapacidad en general, los medios de comunicación y la comunidad en general para difundir este mensaje y lograr el cambio.

¿Seremos capaces de lograrlos entre todas y todos, o dejaremos la responsabilidad de integración y superación a las propias personas con Síndrome de Down y a sus familias?

De la sonrisa etíope al confinamiento en España

2020-03-17T12:31:20+01:00marzo 17th, 2020|

Por: G. Sánchez

Etiopía nos despidió, como no podía ser de otra forma, con su mejor sonrisa etíope, con abrazos, con los mejores deseos y con invitaciones para regresar cuando podamos. En este país africano, al que viajamos para elaborar un documental para la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol, la Fundación Emalaikat y la ONGD MOSSolidaria, conocimos todo tipo de historias, algunas desgarradoras, otras de esperanza y superación y muchas de resignación y lucha diaria por algo tan básico como es la supervivencia pura y dura. Allí la pobreza, el no saber qué se comerá cada día o ni siquiera si se comerá algo se vive con dureza, claro que sí, pero también con dignidad, con ayuda mutua, con sentimiento de comunidad. El hambre y la malnutrición son como una bruma constante que afecta a demasiadas personas, muchas de ellas niñas y niños, el 40 % de los cuales no logra superar los cinco años de vida. En Etiopía hemos visto muchos de esos niños y niñas con el pelo rapado, en muchas ocasiones para evitar piojos y otros parásitos, pero con un mechón de pelo en la parte delantera de la cabeza: “les dejan ese pelo para que los ángeles puedan llevárselos tirando de él si se mueren, algo que, por desgracia, es bastante habitual a esas edades”, nos cuentan.

Unas niñas juegan en el patio del colegio que mantiene la Misión San Pablo Apóstol en Muketuri. Fotografía: Alberto Pla

De vuelta en España, nos encontramos con imágenes dantescas como personas acumulando kilos de natillas, carnes, todo tipo de productos perecederos y papel del baño –al parecer, el nuevo oro blanco de estos tiempos de Covid-19- personas que, a la mínima señal de alerta pierden los nervios y piensan solamente en sí mismos (incluso se ha denunciado en redes sociales que se llevaban hasta los productos sin gluten, esenciales para las personas celiacas). Ante la declaración de alerta del Gobierno de España gran parte de la población mantiene la responsabilidad y se queda en casa, pero también ha habido quien ha aprovechado para pegarse “la última fiesta” antes de que cerraran bares y restaurantes y se prohibiera la libre circulación por las calles. Es cierto que no tenemos experiencia en afrontar crisis de estas magnitudes. Tal vez en eso también podríamos mirar a África y a países como Etiopía. En este último, donde solo llueve durante unos tres meses al año, las hambrunas son bastante habituales, así como plagas como las de langostas que arrasan cosechas esenciales para la manutención de la población. Por no hablar de enfermedades o brotes víricos como el del Ébola, mucho más mortal que este coronavirus o Covid-19. Allí están acostumbrados a padecer todo tipo de situaciones de alerta para su salud y, lo que es igual o más desesperante, a sufrir también el silencio y la pasividad del resto del mundo, especialmente de occidente.

Dos niñas trabajan en el puesto que mantienen el mercado de Muketuri. Fotografía: Alberto Pla

En Etiopía, en su capital Adish-Abeba, en Muketuri o en poblados como Gimbixu hemos encontrado a personas con todo necesidades de todo tipo y también con una en común; la de contar su historia, la de hacerse ver, la de buscar ayuda a través de todos los medios posibles. Tal vez por eso muchos de los niños y adultos con los que nos encontramos nos piden que les hagamos una foto, para trascender, para que les miremos a sus ojos, llenos de vida pese a todo, para que sus ropas, en muchas ocasiones raídas, para que sus situaciones de vida, queden inmortalizadas, traspasen fronteras y, tal vez, remuevan conciencias en este lado del mundo. Pero aquí ahora tenemos la excusa perfecta para, una vez más, mirar solo hacia nuestro ombligo, pensar que esto del Covid-19 y su consecuente encierro domiciliario es lo más duro que nos ha pasado nunca y sentirnos, una vez más, el centro del mundo. El eurocentrismo, lejos de haber desaparecido, sigue muy presente en nuestras vidas y sus efectos se siguen notando en el resto del mundo. Pero tal vez estos quince días, o más, de confinamiento, nos sirvan para mirar al otro de una manera diferente. Si sirven para que estrechemos nuestras relaciones sociales, si nos hacen mirar hacia otras realidades de una forma más solidaria, si contribuyen a que veamos a los que vienen de crisis económicas, sanitarias, de conflictos armados, de un modo más humano y comprensivo, tal vez habrá valido la pena.

Del Covid-19 saldremos juntos, se suele decir, pero estaría bien que también tras él permanezcamos juntos, unidos, solidarios y responsables, no solo entre nuestros familiares y amigos, no solo entre nuestra comunidad y nuestro país, sino de una forma global.

La sonrisa etíope

2020-03-08T18:27:34+01:00marzo 7th, 2020|

Etiopía nos recibe con una sonrisa, pero, lejos de tópicos, aquí cada sonrisa tiene un trasfondo. Detrás de la de Genet, la protagonista del documental que estamos elaborando con MOSSolidaria para la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol, hay una historia de lucha constante, detrás de una de las niñas del aula de especiales de la comunidad misionera San Pablo Apóstol, está la más pura inocencia y detrás de la de Enat, una de las profesoras de esa aula de especiales, hay una historia de abandono y superación.

Por: Gerard Sánchez

Dicen que los niños africanos siempre sonríen, tal vez solo sea su sistema inmunológico que lucha así, desde el subconsciente, por salir adelante ante la adversidad, que no es poca aquí. Pero la sonrisa etíope va más allá, está en esa abuela que nos abre la puerta de su casa y sonríe a la cámara con toda su dignidad. Está en esa marea de personas que nos rodea en la grabación de cada escena de exteriores. Y está, cómo no, en los niños que ríen, corren y saludan al cielo desde el que los graba nuestro dron.

Unos niños juegan con unas ruedas en la comunidad de la Misión San Pablo Apóstol. Fotografía: Alberto Pla

Somos unos recién llegados a Etiopía, es cierto, pero nos nutrimos de la experiencia de personas como Lourdes Larruy quien, al frente de la comunidad misionera, lleva aquí más de diez años y llama a casi todo el mundo por su nombre. La sonrisa etíope también es la suya cuando se acerca a los niños, cuando habla con las profesoras e incluso cuando conduce su todorerreno esquivando baches, burros y vacas.

La sonrisa etíope no es un cliché, no es un tópico porque no es homogénea. Responde a múltiples impulsos, esconde realidades desgarradoras y se alza por encima de la adversidad. Es una medicina y a la vez una cura en sí misma.

Unas niñas juegan en un prado en el municipio de Muketuri. Fotografía: Alberto Pla

La sonrisa etíope está también en la predisposición de Iván Luna, el director del hotel Best Western International en el que Genet llevó a cabo sus prácticas profesionales de Turismo cumpliendo así el sueño de una niña que como ella misma nos relata, cuando era pequeña no tenía sueños porque lo único que alcanzaba a ver en su horizonte era reproducir el mismo estilo de vida que tuvieron las generaciones que la precedieron. Y está también en personas que están de paso, como el guitarrista Gabriel Pérez y la bailaora Anabel Velasco que, sin pensárselo, se ofrecen a aparecer de extras en nuestra película documental. Y está en la alegría de Tesfayesh y Yohanish que nos recogen en el aeropuerto, de madrugada, y nos llevan a nuestro hotel.

Grabar en Etiopía es adaptarse a las circunstancias, al igual que la población se adapta cada día a la realidad que les ha tocado vivir. Es aceptar que lo que tenías previsto captar en cierto momento tal vez no puede ser, pero, como compensación, en cada rincón, en cada rostro, en cada mirada aparece una historia digna de ser contada.

Una madre en la comunidad de Gimbichu arropa a su hijo en brazos. Fotografía: Alberto Pla

Y ahí, en Gimbichu, un poblado tradicional con casas confeccionadas a base de barro y eucalipto, te das cuenta, de repente, que toda la comunidad ha contribuido para invitarnos a compartir con ellos una comida tradicional a base de cerveza artesana e injera, un pan plano confeccionado con harina fermentada de tef que se acompaña de humus, lentejas, remolacha y patatas. Una comunidad donde Deribe, otra de nuestras protagonistas, es la auténtica lideresa. Su sonrisa también es la de todas esas mujeres etíopes fuertes y resilientes que salen adelante y se convierten en referente y ejemplo para muchas otras.

Una mujer de la comunidad de Gimbichu sonríe mientras abriga a su hija sujeta sobre su espalda. Fotografía: Alberto Pla

La sonrisa etíope te contagia, te atrapa y te engancha, tal vez por ello personas como Mari Olcina y su marido Víctor Pareja regresan una y otra vez aquí con su ONG MOSSolidaria para recibir su dosis. Porque cooperar, en el fondo, va tanto de dar como de recibir, de hecho va más de lo segundo.

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